DROGA & GUERRA

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Location: Madrid, Madrid, Spain

Tuesday, August 15, 2006

DROGA & GUERRA

Droga

Escuchaba millones de abejas zumbar en el interior de mi cabeza. Necesitaba explorar una vez más el perímetro de lo real, trascender, ceñir a mis sienes la corona de aquel fuego helado y dejar que el olor a flores de almendro penetrase nuevamente en mi interior. Necesitaba escapar de aquella horrible sensación que me atrapaba, era preciso que disolviese la discrepancia entre mi conciencia y mi deseo. Miré mi mano y cerré el puño sobre la jeringa. Con un movimiento rápido y preciso atravesé piel y carne y descargué la dulce sustancia en mi torrente sanguíneo. Sentí como mi cuerpo flotaba y escalaba aquel oscuro terraplén con la ayuda del viento. Sentí como mi alma volaba en dirección al sol sin quemarse y supe que ya no había retorno. Una sensación agradable invadió todo mi ser y una oscuridad cómplice me rodeo.

Guerra

Era la última noche tranquila, en la otra orilla, al otro lado del río, sin haber dejado aún atrás el arrullo de las aguas deslizándose hacía su desembocadura, nos esperaba la guerra. Mi espíritu se encontraba retraído, escondido, arrebujado en mis entrañas, temeroso de escapar del cuerpo. A mí alrededor, en el campamento, muchos dormían y otros tantos buscaban consuelo en la religión, yo me limitaba a escribir el texto que designaría como mi futuro epitafio, pues la silueta impasible de la muerte se dibujaba frente a nosotros en cada respiración, en cada hilillo de vapor que salía de nuestra boca. Imaginaba como el bando opuesto, sabiendo nuestra inferioridad, estaría celebrando ahora su inminente victoria. La futura masacre era, pues, inevitable y las negras Keres mortuorias hacían guardia con nuestros soldados, ávidas, deseosas de llevarse su alma. A medida que despuntaba el alba sentía desvanecer mi ánimo, hasta tal punto que me deje llevar por mis más que olvidadas creencias religiosas y recé, recé para que mi suplicio en el purgatorio fuese menos duro, para que la expiación de mis pecados fuese rápida y pudiese siquiera acceder con prontitud al primero de los siete cielos. Cerré los ojos y me vi cargando la pesada losa a mis espaldas, me vi con los párpados cosidos y me vi corriendo sobre las brasas. Recé para que rezaran por mí. La voz de mando se dejó oír en el campamento y, asiendo con fuerza los fusiles y las bayonetas, corrimos, cruzamos el río y al punto una danza de proyectiles nos rodeó. Sentí varios impactos en el pecho y mis piernas se doblaron, contemplé el azul del cielo, más profundo y puro que nunca y fui consciente de como me abandonaba el alma mientras la más densa oscuridad me rodeaba.